Sí, sus manos recorrían mis caderas, bajando y subiendo las montañas untadas de aceites y besos. Sí, sus manos recorrían mis pies, que caminaban sobre su deseo de poseerme. Qué importaban mis defectos, los suyos: tan parecidos unos y otros. Nuestros movimientos perfectos, reciprocidad de semejanza sugerida por el conocimiento de nuestros puntos, de nuestras pasiones, de nuestras ridiculeces amadas y soportadas. Reír, cantar, gritar, gemir, suspirar ahogando un orgasmo en su hombro mordido, en sus ojos verdes, en sus labios y en los míos, cruzando respiros profundos y exhalando el perfume de nunca jamás te dejaré. Durmiendo acurrucadas sobre el lecho prohibido. Así, lesbias, entrecruzadas las piernas, amarrados mis deseos a los suyos, a los recuerdos de la primera vez que son tan iguales a los de esta última. Besos, sugerencias, caricias y otra vez en pie besándonos y atrincherándonos en la vulnerabilidad de desearnos más de lo que nos podemos entregar. Cada asalto era un intento de tomarme, de tomarla y conquistarla para siempre, de besarla sin detenerme en sus cabellos, de absorber sus ríos, de entrar en las aberturas secretas, de frotar nuestros vacíos.